Entradas

Mati

  Salimos de Huesca en coche. Se ocupó mi suegro. En Zaragoza subimos al tren. En nuestro equipaje lo justo. Cuando estuviéramos instalados definitivamente nos enviarían lo demás. Las joyas en el doble del abrigo y en pliegues no visibles. El dinero de mano, en un bolsillo no visible. Repartido entre los tres. A nuestra pequeña le colocamos unos billetes dentro de su muñeca de trapo. En esos viajes a un descuido te robaban. La necesidad espabila. En primera no era más seguro, porque mucho ladrón no lo parece. De hecho, no pegué ojo en todo el viaje, con la pequeña en mis brazos, vigilante. Ir ligeros de equipaje facilitaría nuestros movimientos. El viaje era largo y tedioso. Mi marido es hijo único. Mi suegro era viudo. Su mujer se encontraba visitando a su familia en el pueblo cuando estalló la guerra. Fui víctima de la vorágine salvaje de esos días. Cuando Lorenzo empezó a festejarme, su familia me acogió como una más. Suerte de ellos, porque de los míos no puedo contar nada buen...

Mati

  Lo primero que se me ocurrió fue teñirme el pelo rubio. Entonces la decoloración era el sistema predominante. La manzanilla aclaraba el pelo de las rubias, pero yo tenía un castaño claro. Con mi apariencia evitaría suspicacias. En la peluquería no pusieron pegas. Había muchas que se aclaraban o hacían mechas. Aún hoy mantengo tintes, aunque menos agresivos que aquellos. Me hacía un recogido. Nunca melena. Para salir, entonces, me cubría con pañoleta de seda. Eran tiempos de privaciones, pero nosotros que habíamos vivido del lado de los nacionales teníamos mejores posibilidades. Tengo que alegrarme de no tener en familia militares. Mucho se ha callado de lo que pasaba. Antes y después cuesta asimilarse. Éramos jóvenes y teníamos la vida por delante. La escasez llevó a control de entrada y salida de la ciudad.  A nosotros nos tocó esperar en uno y otro lado. En tren el trayecto fue largo. Presentamos nuestros papeles. La pequeña en regla como hija nuestra. Nada de adopciones. ...

Mati

  Lorenzo vino un día animado. No solía. Nuestras vidas se habían anclado en la monotonía después de aceptar que no tendríamos descendencia, tras intentos fracasados, por su parte o por la mía. No buscamos aclararlo. Estábamos bien uno con otro. Lo nuestro era una relación plácida, sin altibajos. Habíamos aceptado nuestra situación. No sin tener una espina clavada. Por eso nos habíamos dirigido a la superiora de la residencia de niños.  Había una niña rubia. Mi madre me había dicho que si buscábamos adopción fuera con cierto parecido familiar. Que no diera el cante. Era rubia. No hablaba, pero nos dijeron que asimilaba sin problemas lo que le enseñaban. Creían que había sido abandonada. Nos contaron que un joven cabrero la encontró en medio del monte, cuando apagentaban sus cabras y la había socorrido. Al no saber nada de su origen la habían bautizado, por si acaso, que aún había rojos escondidos y le habían puesto nombre. Teresa María de los Ángeles. Si queríamos inscribirla ...

Teresa María de los Ángeles

  En realidad no sé. Era tan niña que me cuesta construir un recuerdo sin influencias. No era tan pequeña. Recuerdo ciertos miedos inarticulados. Unas personas secas que creo serían monjas, con un rosario colgando de una pieza que les llegaba a los pies, blanca amarillenta, siempre descontentas y con trato distante. Hubo un hombre, más bien joven que me cuidó antes de estar con ellas. Los que legalmente son mis padres, no lo son. Me adoptaron. Tampoco tienen fotos conmigo de bebé.  Su familia no viene por la casa. Sólo llaman por teléfono. Parece ser que no estuvieron conformes cuando ellos me sacaron de ese lugar y me tomaron como suya. Alguna vez he visto a Mati, mi mamá, contener las lágrimas después de hablar con su madre. Algo he oído. <<Hijos de otro, qué despropósito.>> Ya no soy una niña. Me han tratado bien.  Lamento que mis padres tengan problemas por tenerme con ellos. Vivimos en otra ciudad. Creo que quisieron empezar de nuevo conmigo. Allí donde n...

El cabrero

 El cabrero Volver al campo con sus cabras le produjo sensación de vacío. No lograba alejar de sus pensamientos el problema. Primero pensó que la niña tendría quien la cuidara. Que ya no hacía falta. Pero su vida no volvía a ser la de antes. El contacto con la pequeña le había transformado. Llenaba un hueco profundo del alma. Una emoción no reconocida. El agujero permeado en la ausencia de sus próximos, abatidos en la contienda, que le pilló niño.  Cuando terminó la guerra, Julio estaba en casa Susín, de boyero, durmiendo en la paja para atender las necesidades de los animales de las cuadras, entre ellos el buey que era de su exclusivo cuidado, hasta que lo reventó una bomba que a él lo levantó del suelo. Quizá su sordera incipiente tenía que ver con aquello. No tardó en espabilar. No le quedaba otra. Se ofreció para apajentar ganado y eso le llevó a ser tomado como pastor de cabras. En ese tiempo una cabra bien podía dar leche para un recién nacido sin madre y sus quesos eran...

Carta a Clea

 Estimada Clea Estimada Clea ya sé que andas baja de energía y todo te cansa, pero me diste vida. Me diste cierto protagonismo al ponerme en el lugar preciso para auxiliar a esa niñita. Ahora no tienes impulso de seguir nuestras idas y venidas, pero no desistas.  Verás que en tu mente germina poco a poco esta historia. Nada transcendente. Nada para la Historia con mayúscula. Me das buenas pistas. Mi dilema es usarlas o guardarlas para tiempos mejores. He podido valorar positiva la familia que cuidará a la niña. Si no saben que es hija de gitanos, no habrá contradicción ni conflicto. Voy reconstruyendo lo que pudo ser. En los mentideros se dice que el padre se volvió loco y llevó lejos a la pequeña para perderla, porque rechazaba su color de piel y pelo rubio. No lo creo. Sería muy canalla y esa niña confiada y dulce tuvo que recibir mucho amor. Pobre hombre. Le han hundido la vida. Ya no tiene sentido que siga trabajando para las religiosas. Volveré al campo, a cuidar de las c...

Lita

  Narrativa 3 https://narrando3.blogspot.com/2025/10/narrando-3 La tartana cubierta de andrajos traqueteaba renqueando en el angosto camino de piedras esmeriladas y barro. La cacharrería colgando creaba una sintonía chirriante. Los niños semidesnudos acurrucaban su hambre. Lloriqueaban y se iban durmiendo mientras caía la tarde. Jofre laceraba al burro con un mimbre. —¡Arri! Harían parada bajo la luna. Aún les quedaba un largo trecho para encontrarse con sus semejantes. La cita era de año en año. Eran el clan. Pobres, pero arraigados en su comunidad. Viajeros de lugar en lugar. Los niños nuevos se presentarán. Los suyos conocerán y reencontrarán. Eran tiempos huecos, de ocultarse por rutas secundarias, evitando batidas de esas gentes intolerantes que arrestaban a mendigos y maleantes. —Nosotros hacemos trueque. No damos mal. Había dicho en el alto que les hicieron tres días atrás. A la mazmorra le quisieron llevar. Tuvo suerte. Una distracción les permitió escapar. Era un ladrón de...