Carta a Clea
Estimada Clea
Estimada Clea ya sé que andas baja de energía y todo te cansa, pero me diste vida. Me diste cierto protagonismo al ponerme en el lugar preciso para auxiliar a esa niñita.
Ahora no tienes impulso de seguir nuestras idas y venidas, pero no desistas.
Verás que en tu mente germina poco a poco esta historia.
Nada transcendente. Nada para la Historia con mayúscula.
Me das buenas pistas. Mi dilema es usarlas o guardarlas para tiempos mejores.
He podido valorar positiva la familia que cuidará a la niña. Si no saben que es hija de gitanos, no habrá contradicción ni conflicto.
Voy reconstruyendo lo que pudo ser. En los mentideros se dice que el padre se volvió loco y llevó lejos a la pequeña para perderla, porque rechazaba su color de piel y pelo rubio. No lo creo. Sería muy canalla y esa niña confiada y dulce tuvo que recibir mucho amor.
Pobre hombre. Le han hundido la vida.
Ya no tiene sentido que siga trabajando para las religiosas. Volveré al campo, a cuidar de las cabras que siempre me han encomendado.
Los dos niños gemelos que no se sabe por dónde andan escapan a mi cuidado.
Lamento este mundo discriminatorio en que al diferente se lo ponen tan difícil que lo llevan a extremos difíciles de superar.
Recuerdo mis días de escuela. Aquellos maestros y maestras nos querían libres y críticos. Nos decían que leer nos abriría los ojos. Ahora leer no es nada fácil. Todo está manipulado y revisado.
De pensar nadie puede coartar, pero cuidado con lo que se habla y opina.
A mí me dejaron sólo. No me queda familia. Unos en el exilio y otros desaparecidos. Mi madre vivía, pero una infección se le fue complicando y no logró superarlo. Se había cortado con algo y no curó bien.
De estos días llevo unas pesetas. Pocas. No necesito mucho. Buey suelto bien se lame. Ya ves.
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