El cabrero

 El cabrero

Volver al campo con sus cabras le produjo sensación de vacío. No lograba alejar de sus pensamientos el problema.

Primero pensó que la niña tendría quien la cuidara. Que ya no hacía falta. Pero su vida no volvía a ser la de antes. El contacto con la pequeña le había transformado. Llenaba un hueco profundo del alma. Una emoción no reconocida. El agujero permeado en la ausencia de sus próximos, abatidos en la contienda, que le pilló niño. 

Cuando terminó la guerra, Julio estaba en casa Susín, de boyero, durmiendo en la paja para atender las necesidades de los animales de las cuadras, entre ellos el buey que era de su exclusivo cuidado, hasta que lo reventó una bomba que a él lo levantó del suelo. Quizá su sordera incipiente tenía que ver con aquello.

No tardó en espabilar. No le quedaba otra. Se ofreció para apajentar ganado y eso le llevó a ser tomado como pastor de cabras. En ese tiempo una cabra bien podía dar leche para un recién nacido sin madre y sus quesos eran buen alimento en tiempo de estraperlo y cartilla de racionamiento.

Del pueblo a la ciudad se iba andando. Pocas veces lo había probado. Cuando llevó a Lita, la montó sobres sus hombros y distrajo hasta que quedó dormida.

Esa niña era lo más parecido a tener una hermanita.

Tener diecinueve en esos tiempos te hacía independiente, más siendo huérfano. Se libró de poco a ser reclutado como la quinta del biberón. 

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