Teresa María de los Ángeles

 


En realidad no sé. Era tan niña que me cuesta construir un recuerdo sin influencias.

No era tan pequeña. Recuerdo ciertos miedos inarticulados. Unas personas secas que creo serían monjas, con un rosario colgando de una pieza que les llegaba a los pies, blanca amarillenta, siempre descontentas y con trato distante.

Hubo un hombre, más bien joven que me cuidó antes de estar con ellas.

Los que legalmente son mis padres, no lo son. Me adoptaron. Tampoco tienen fotos conmigo de bebé. 

Su familia no viene por la casa. Sólo llaman por teléfono. Parece ser que no estuvieron conformes cuando ellos me sacaron de ese lugar y me tomaron como suya.

Alguna vez he visto a Mati, mi mamá, contener las lágrimas después de hablar con su madre. Algo he oído. <<Hijos de otro, qué despropósito.>>

Ya no soy una niña. Me han tratado bien. 

Lamento que mis padres tengan problemas por tenerme con ellos.

Vivimos en otra ciudad. Creo que quisieron empezar de nuevo conmigo. Allí donde nadie pudiera cuestionar mi legitimidad.

Siento cierta tristeza, porque no merecen que su familia les desprecie.

Los primeros días, dice mamá, lloré día y noche.

No puedo recordar. Abrazada a una muñeca de trapo, dice ella, acababa dormida en sus brazos.

Creo que a papá le cuesta más. El precio ha sido muy alto.

Vivir en una ciudad sin otra relación que la de papá y mamá, al principio me parecía lo más normal. Fue cuando empecé a ir a casa de amigas y vi fotografías de celebraciones familiares que sentí una carencia, y le pregunté a mamá.

No entendía porque no tenía primas o primos.

Mamá me dijo que los tengo, pero lejos, que no tienen posibilidad de venir a vernos. Sé que no quieren. Lo sé porque no soy tonta y ato cabos.


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