Mati
Salimos de Huesca en coche. Se ocupó mi suegro. En Zaragoza subimos al tren. En nuestro equipaje lo justo. Cuando estuviéramos instalados definitivamente nos enviarían lo demás. Las joyas en el doble del abrigo y en pliegues no visibles. El dinero de mano, en un bolsillo no visible. Repartido entre los tres. A nuestra pequeña le colocamos unos billetes dentro de su muñeca de trapo. En esos viajes a un descuido te robaban. La necesidad espabila.
En primera no era más seguro, porque mucho ladrón no lo parece. De hecho, no pegué ojo en todo el viaje, con la pequeña en mis brazos, vigilante.
Ir ligeros de equipaje facilitaría nuestros movimientos.
El viaje era largo y tedioso.
Mi marido es hijo único. Mi suegro era viudo. Su mujer se encontraba visitando a su familia en el pueblo cuando estalló la guerra. Fui víctima de la vorágine salvaje de esos días. Cuando Lorenzo empezó a festejarme, su familia me acogió como una más. Suerte de ellos, porque de los míos no puedo contar nada bueno. No sé qué les ha dado a todos. Más cuando han sabido que mi niña era nacida en una familia gitana que cayó en desgracia en la persecución y rechazo social de esta tierra nuestra que no sabe valorar la diferencia de maneras y costumbres de esas gentes.
Se preguntarán cómo llegamos a saber que nuestra niña, que ya es una mujer, era gitana. No fue intuición ni descubrimiento. Fue investigar hasta saber de aquel que la encontró y la llevó al refugio de donde la sacamos como nuestra. Él nos enseñó pruebas que pusimos en manos de una agencia de detectives que llegaron a localizar la familia de los Vargas, precisamente oriundos de esta tierra que nos acogió.
Actualmente estamos dudando si es el momento para que ella pueda saberlo. Tendremos que hacer frente a que se encuentre con sus parientes.
Hay parecido de ella con una tía, que también es rubia. Parece ser, hermana mayor de su madre. Y dos hermanos gemelos que tienen hijos. Una de esas criaturas igualita a la nuestra cuando como ella era una niña chica.
Lorenzo me dice que espere, que no está preparado para su pérdida y reproches. Yo tampoco, pero callarlo no es de recibo, tenemos que afrontarlo. Fue un regalo, pero no debemos aplazarlo. Corremos el riesgo de que de una u otra forma lo sepa antes, y en ese caso, sin remedio, sus reproches serían mayores, y con razón.
Qué difícil elección.
Ese hombre que por lo visto nos ha ido siguiendo la pista desde el principio, vio prudente guardar silencio en beneficio de ella.
En eso no sé si fue acierto. No sé. Hoy no es lo mismo. Todo cambió, aunque no mucho. Su grupo social sigue sufriendo marginación y mala prensa. No sé cómo hubiéramos cogido esa revelación. No sé hasta qué punto habríamos sido lo mismo que hemos sido para ella y por ella. Nada es blanco y negro. Nos movemos muchas veces entre grises.
Si mi madre puso el grito en el cielo por una niña rubia, no me puedo imaginar qué hubiera hecho sabiendo lo que sabemos. Ahora por ella no hay cuidado, desgraciadamente ya no vive. Un cáncer mal tratado nos la arrebató hace unos años. Ni en esas se ablandó. No veas la que hubiera caído con esta bomba. Ella tan del qué dirán, y de misa diaria. ¿Dónde su caridad?
¿Quién soy yo para juzgarla? Que me perdone por este desaire.
Es triste el destino que arrebata un hijo a una madre.
Tan fuerte ese sentimiento que puedo imaginar, aunque no la he parido yo.
Tan fuerte.
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