Mati
Lorenzo vino un día animado. No solía. Nuestras vidas se habían anclado en la monotonía después de aceptar que no tendríamos descendencia, tras intentos fracasados, por su parte o por la mía. No buscamos aclararlo. Estábamos bien uno con otro. Lo nuestro era una relación plácida, sin altibajos.
Habíamos aceptado nuestra situación. No sin tener una espina clavada. Por eso nos habíamos dirigido a la superiora de la residencia de niños.
Había una niña rubia. Mi madre me había dicho que si buscábamos adopción fuera con cierto parecido familiar. Que no diera el cante. Era rubia. No hablaba, pero nos dijeron que asimilaba sin problemas lo que le enseñaban. Creían que había sido abandonada. Nos contaron que un joven cabrero la encontró en medio del monte, cuando apagentaban sus cabras y la había socorrido. Al no saber nada de su origen la habían bautizado, por si acaso, que aún había rojos escondidos y le habían puesto nombre. Teresa María de los Ángeles. Si queríamos inscribirla con nuestros apellidos, también podíamos cambiar su nombre; pero no lo hicimos.
Fue verla y quererla. Con esos ojitos de animalillo desvalido. Mi alma se alegró. La quise desde ese instante. Lorenzo dudó. A él le costó quererla. Hubiera preferido un niño, lo sé; pero los niños eran mayores y difíciles de manejar. En general se les abandonaba menos y los que eran manejables eran requeridos para trabajar a cambio de cama y comida. Las chicas también eran exploradas.
No hubiera acogido nunca a ninguno en esas condiciones. Quería ser madre. Ya que la naturaleza me lo negaba, dios ponía en mi camino esta oportunidad.
La acogí en cuanto pude, aún con las reservas de mi madre y mi marido. Sobre todo ella, que decía que nunca reconocería a la pequeña como nieta.
Lo hablamos mucho. Rogué por ella. Al fin decidimos ir a otra ciudad y empezar de nuevo los tres. Ella se presentaría al mundo como nuestra hija y nadie lo pondría en duda. Incluso nos planteamos emigrar a un país lejano. Australia o Argentina, pero en esa época las comunicaciones no eran como actualmente, irse a una ciudad principal y próspera parecía la mejor elección.
Vendimos la casa y muebles. Quisimos ir ligeros de equipaje. Encontramos una pensión en el centro y no tardamos en instalarnos en un bajo con patio interior, donde nuestra pequeña pudo jugar y moverse con libertad. En casa recibía aprendizas de costura. Era mi habilidad. Les enseñaba lo básico. A coserse a mano el ajuar, y a bordar. Mi marido consiguió entrar en ventas de un comercio de ropa. Eso me facilitó tener telas a buen precio, que les vendía a mis aprendizas.
No medramos mucho, pero nuestra actividad nos dio para vivir olgadamente.
Hay fortunas que empiezan en un taller, pero no es nuestro caso. Quizás nos faltó el impulso para llevarlo a cabo.
Nuestra pequeña lo tuvo todo. Incluso clases de baile, mientras le ilusionó.
De silenciosa pasó a hablar por los descosidos. Era un deleite cuando volvía del colegio y nos explicaba a la hora de cenar lo vivido con sus compañeras de clase. Tenía buenas calificaciones, de bien y notable. Era de probar una u otra actividad. Que si guitarra, que si pintura, que si ballet,…
Era una niña feliz. A veces me preguntaba sobre sus primeros años. Costaba manejarlo. Con pocos años, no sabemos qué podría recordar.
Me gustaría saber de ese muchacho que la encontró. Cuando hemos preguntado por él no nos han sabido dar datos. No guardaron registro de él. Una pena, porque me gustaría saber.
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