Lita
Narrativa 3
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La tartana cubierta de andrajos traqueteaba renqueando en el angosto camino de piedras esmeriladas y barro.
La cacharrería colgando creaba una sintonía chirriante.
Los niños semidesnudos acurrucaban su hambre. Lloriqueaban y se iban durmiendo mientras caía la tarde.
Jofre laceraba al burro con un mimbre.
—¡Arri!
Harían parada bajo la luna. Aún les quedaba un largo trecho para encontrarse con sus semejantes. La cita era de año en año. Eran el clan. Pobres, pero arraigados en su comunidad.
Viajeros de lugar en lugar.
Los niños nuevos se presentarán.
Los suyos conocerán y reencontrarán.
Eran tiempos huecos, de ocultarse por rutas secundarias, evitando batidas de esas gentes intolerantes que arrestaban a mendigos y maleantes.
—Nosotros hacemos trueque. No damos mal.
Había dicho en el alto que les hicieron tres días atrás.
A la mazmorra le quisieron llevar. Tuvo suerte. Una distracción les permitió escapar.
Era un ladrón de gallinas.
El hambre. La falta de pan.
—Si tenemos suerte, nos ayudarán.
Había dicho llorosa Rosarito, la compañera que desde años calentaba pucheros con agua y poco más.
Iba pensando en sus magras carnes. Las que en sus años mozos le hacían feliz, con su calor en el momento de ese encuentro en que la carne se sabe y une.
Eso era amor. Una promesa decidida en el clan familiar.
Nunca hubo queja. Ni él, ni ella. Las abuelas saben quién para quién será.
Aquella noche el frío aprieta. El suelo se pone duro. Helada que dificulta hacerse cama.
Tenían lo que para otros sobraba. Trapos viejos. Trozos de manta y chaquetas de pana.
Lo que a otro le sobra, a otro le falta.
Iban los pequeños con el culo al aire porque no había pañales ni agua abundante.
Unas gachas resecas y duras con tocino rancio. Eran las sobras que en el convento les habían dado. Y pan seco y roído.
Amaneció el día entre la niebla fría. La escarcha servía para humedecer las manos y pasarlas por la cara.
Los niños dormían. Así el hambre no les roía.
A dos días y llegarían.
Siguieron ruta. Las ruedas grandes el barro seco rompían.
Entre las muchas cosas que acumulaban había herramientas oxidadas.
—Esto resulta jasco.
—¿Qué quieres, no hay otra cosa?
—Con un trago de vino pasará.
—¡Aguachirrís!
—No te quejes. Menos es nada. Suerte que en la última granja nos dieron algo.
—Lo que les sobraba. Ni para los tocinos sirve lo que nos dan.
—¿Recuerdas la lifara del otro año?
—Y tanto.
—Un cerdo que desenterramos. Llevaba tres días bajo tierra. Los payos le hicieron ascos. Nosotros con las hierbas y el fuego lo curamos antes de cocinarlo.
—Veremos este año.
—Veremos
No llegaban. Los distintos clanes se encontraban en un descampado próximo al río. Allí donde había menos peligro. Sobretodo por los niños.
—¿Se sabe algo de ellos?
—Nada. Ni rastro. Nosotros veníamos por el mismo camino y no hemos visto rastro de su acampada.
—Es raro. Jofre conoce estas tierras palmo a palmo.
—¿Cómo es posible? Los vi en las playas este verano. Llevan tres críos. La pequeña ya caminaba. Estuvo jugando con la nuestra. La Paqui tiene un atraso y se entiende mejor con las pequeñas.
—Tan guapa ella, ¿quién lo diría? Ese pelazo tan negro y brillante.
—Torito es su chico. Desde la cuna. Será madre. De eso no hay duda, pero hay que darle tiempo. Va aprendiendo. Poco a poco, pero asimila.
—Las abuelas no lo deshacen.
—Tenemos suerte. Ni una nube.
En la explanada hogueras encendidas se achicaban. Las mujeres cocinaban y los niños jugaban. Los hombres, en un aparte, pactaban.
Por la tarde se extendió la alerta en todo el campamento. El patriarca reunió a los hombres y escuchó.
Se organizarían en grupos para recorrer todos los caminos posibles en su búsqueda.
Esperaban que la dificultad tuviera que ver con algún problema superable que entre todos pudieran solventar.
El tío Manue, con el bastón de mando indicaba trazando líneas sobre el suelo húmedo.
Las mujeres extendían los colchones de lana o paja para pasar la noche en el centro custodiado por las caravanas, carros y tartanas.
Perros y gatos con ellos, caballos, yeguas y burros en un rincón vallado. Gallos, gallinas y conejos encerrados en sus jaulas. Algún que otro cerdo.
Algunos venían de sus casas de cuatro paredes, pero llevaban consigo todo lo que tenían.
Muchos y muchas con su cestería.
Los primos no estaban y eso alarmaba.
Permanecerían el tiempo que hiciera falta. De allí no saldrían hasta dar con Jofre y su mujer e hijos.
Las abuelas se lamentaban, mientras ordenaban y preparaban juntas los lechos para esa noche.
A la mañana, cuando apuntaba el alba, salieron en grupos de tres, con un caballo o burro, acompañados por los perros.
—Yo quiero ir.
—Tú no. Nosotras quedamos en el campamento.
—Yo, no. Mi hermana y mis sobrinos no pueden haber desaparecido. Seguramente venían del este. Irían por caminos, como casi todos, despistando a los civiles. Hay muchos caminos posibles. Yo creo que los sentiré si están cerca. Somos gemelas y siempre hemos tenido una conexión especial. Por lo mismo, sé que no tienen mal. Igual se han escondido y no tienen el campo libre. Me calzo los pantalones de mi marido y voy con ellos. No es ninguna afrenta. Con mi marido y mi primo hacemos tres.
—Sea, pero no nos líes, mujer.
Así partieron: Mario, Israel y Milagros. Con el borrico chico. Ellos tampoco tenían muchos haberes.
—Id con ojo, que los caminos del este son los peores.
La buscaron por los barrancos. Por los muchos espacios desiertos. No aparecía. Cada día el nudo se constreñía más y más.
En qué momento la niña no estaba.
Jofre no daba crédito. Nunca antes se había apartado de ellos. Sus hermanos no supieron responder. Lloraban al sentir su miedo y desespero. R no reaccionaba. Se balanceaba.
Se quedaron entre arbustos y sendas. No podían seguir. No, por si la pequeña volvía.
Así los encontraron.
Aquella mañana, después de haber despertado, la pequeña se había ido caminando en dirección al camino principal. Ni sus hermanos y padres se habían percatado.
Cuando R los llamó con las farinetas de harina de centeno preparadas, la pequeña no estaba. La llamaron sin moverse, pero al fin fueron por ella, buscando dentro, pensando que jugando se había escondido. No dieron con ella, ni dentro ni fuera.
—Lita, ¿dónde estás?
—¡Lita!
Cuando sus hermanos sintieron el dolor y desesperación de sus padres se abrazaron llorando.
La niña se había acercado a un pastor de cabras. Éste la cogió en brazos y se la llevó a su choza, creyendo que iba perdida. La niña confiada se dejó llevar.
Julio, no oyó las voces que la reclamaban.
Pudo saber su nombre porque en su batita de cuadros blancos y rosa, regalo de las monjitas generosas, lo llevaba bordado en amarillo.
No le extrañó. Eran tiempos muy duros. Muchos niños trabajaban en labores del campo y algunos escapaban.
Aunque Lita tendría unos dos años, no hablaba. Era una niña risueña y no extrañaba. Iba con cualquiera que le diera la mano, no como sus dos hermanos, dos gemelos de seis años, ya traviesos y desconfiados.
Lita era rubia y sus ojos cambiaban de un azul a otro según fuera la luz o el paisaje.
Por el color rosado de su piel era difícil encontrar vestigios de la raza cañí.
Él pensó que su familia la había abandonado por él hambre, porque en ella se notaba la desnutrición.
Le preparó unas sopas de leche de sus cabras con miga de pan y endulzadas con miel.
Volvería al pueblo en pocos días. El pastoreo estacional tocaba a su fin. Hasta entonces se haría cargo de la criatura.
No podía volver antes. El ganado no debía desaprovechar el pasto natural.
Chivito, su perro pastor se acurrucó al lado de la niña dándole calor y él la cubrió con una de las pieles curtidas al sol.
Julio fue a visitar a la pequeña. Era domingo. Pasado un mes, tiempo necesario para que la pequeña se adaptara. Antes de verla, la superiora lo recibió en su despacho.
—No sabemos nada de su familia. Ni siquiera creemos que Lita sea su nombre. Estamos tramitando para darle una identidad. También queremos advertir que al ser una niña sin arraigos familiares será fácil encontrarle una familia. Está bien que quiera cuidarla, pero un soltero no puede ofrecerle el hogar cristiano que la niña necesita. Si no tiene nada que aportar respecto a su origen le rogaríamos no intente mantener ningún contacto. Por caridad cristiana usted obró bien, pero el futuro de ella escapa a sus posibilidades.
—Aunque no tengamos contacto, me gustaría saber de ella.
—No es posible. Le haría mucho daño. Para ayudar debe desaparecer de su vida. Nosotras tuteláremos hasta que la podamos entregar a una de las familias solicitantes. Esperamos que sean de otra región.
Julio tuvo que firmar unos papeles de renuncia. Lo hizo con tristeza. Los días que había tenido a la pequeña consigo se había encariñado y creía que podría tener contacto para que con el tiempo no le olvidara.
Se dio cuenta del error. Si se hubiera quedado con ella nadie habría reclamado nada, pero como estaba sólo en el mundo nadie lo consideraba. Salió con la boina sujeta por las dos manos conteniendo una lágrima que enturbiaba su mirada.
—Con permiso.
Marchó sintiendo el peso de un muro insalvable a sus espaldas, pero decidido a hacer guardia ante el portón para observar el momento en que se la llevaran.
—¿Vienes por el trabajo?
Con desconcierto escuchó sin creer que se dirigían a él.
No contestó.
—Pasa. Aquí comemos bien y no tratamos con ellas. Ya te diré lo que debes hacer. Veo que estás sano y fuerte. Te irá bien. El que estuvo lo dejó por una moza. Les ofrecieron, si se casaban, un trabajo de colonos en un pueblo de repoblación. La moza de muy buen ver.
—Está bien.
Aquel día ella no estaba parando cuenta de la olla en la lumbre. El olor a socarrado alertó a Jofre.
—Está mujer mía, cada vez más despistada.
R no era la misma desde aquel aciago día. Siempre callada funcionaba como una autómata.
De un árbol colgada. Allí se encontraba. Cuando la encontró el balanceo era imperceptible.
—La desgracia. Mi alma, porqué me haces esto. ¿Por qué? ¿Qué hago ahora? ¡¿Qué?!
La abrazó por los pies descalzos. Los gemelos agarrados a él.
Pasó un tiempo. La olla ennegrecida. Anochecía. Allí los tres.
—¡Fuego!
De las proximidades acudieron. No intervinieron.
—La autoridad.
—¿La habrá matado él?
Avisados los guardias civiles del puesto más próximo, se lo llevaron a punta de mosquete.
Él callado. Los gemelos llorando.
Jofre recibió golpes e insultos. Cuando lo dejaron por imposible y lo soltaron no recordaba ni su nombre.
Los gemelos pasaron a la tutela del estado. Su destino en una inclusa iba a ser el peor, porque su condición puso en contra a los otros tutelados. En lugares distintos y segregados nunca se encontraron con la hermana. Sus parientes, alguna vez se acercaron a aportar algo, pero aquello que dejaran para ellos no les llegaba. La severidad marcaba. Ellos se tenían, pero si se tocaban o abrazaban les castigaban. Sólo les quedaba mirarse con disimulo. Los separaron desde el primer momento.
La disciplina se mantenía con duchas frías, golpes y cuarto oscuro. No tardaron en aprender qué no estaba permitido.
Ningún amigo. Ningún cariño.
No tardaron en ser enviados a hogares distintos. A cambio de techo y comida su trabajo dependía de su lugar de destino.
Los dos en pueblo distinto. Para colchón la paja. No tuvieron sitio en la vivienda ni la mesa familiar. No había nadie que pidiera responsabilidades.
La niña corrió mejor suerte. Un matrimonio influyente la eligió. Le dieron nombre y educación.
Entre las obligaciones de Julio estaba mantener la calefacción del edificio. En los sótanos había toda la instalación de calderas para todas las secciones. Desde el exterior se descargaba el carbón a su depósito. Para ayudar en el momento de hacer prender el fuego, serrín y periódicos viejos. En algún tiempo libre aprovechaba para ojearlos. Revisaba esquelas y se santiguaba por aquellos que seguramente llevaban tiempo en el campo santo. En una de esas ocasiones hubo una noticia que le llamó la atención. Una familia gitana que había caído en desgracia. En general, esas noticias no ocupaban más de una línea, pero en la sección de cartas se extendían un poco más. Recortó con los dedos el escrito y se lo guardó, memorizando la fecha, para anotarla cuando tuviera ocasión de leer con calma.
A Lita le pusieron por nombre Teresa María de los Ángeles. Dejaron su batita con otras cosas para quemar en las calderas.
Cuando Julio la vio la recogió y se la guardó.
Techos altos. Ventanas enrejadas. Pasillos y puertas a uno y otro lado. Lita tembló por primera vez en su vida. Cuando la monja la arrancó de los brazos del cabrero y la puso en el suelo intentó correr hacia él, pero una mano la sujetó con firmeza y una voz le riñó por primera vez. No lloró. Se escondió dentro de sí misma. Ella que nunca había sentido el miedo, de pronto lo sabía. En su interior deseó el cuerpo cálido y alimento materno.
Olvidaría. La vida le sonreiría, pero en lo más profundo de su ser sabría que hubo un mundo perdido que no podría recuperar por mucho que aquel hombre y aquella mujer le llamaran hija y le dieran todo lo que ella pedía.
En lo más remoto de sus recuerdos había risas y caricias.
Antes del conflicto bélico. Sus vidas transcurrían entre ferias de ganado y encuentros para celebrar, ahora un bautizo, ahora una defunción; un casamiento y un reencuentro.
Llegó la persecución. El mundo convulsionó. No había lugar seguro, ni aquí ni allá, ni más allá. Entre la bota dura de la que hablaban parientes venidos del norte, ni en los cambios en los lugares de siempre. No diremos que se integraba a su gente, pero se la toleraba y no perseguía. En la revuelta bélica como al gato con pulgas.
Jofre y Rosarito eran niños. Siempre juntos. Nunca antes se había dado tanto idilio en aquellos que tenían su casorio como destino.
Paqui la del tuerto sonreía cuando los veía zapa la greña, estirándose de los pelos, pero sin poder vivir uno sin otro.
Como niños no vivían el desdén del paisano, cuando acampaban, fuera de los conglomerados de casas, a poder ser cerca del agua.
Las mujeres con sayas largas y muchas capas.
La abuela Carmen era la rubia. Así la nombraban. Con su moño tieso y estirado y de negro de arriba a bajo.
Eran cristianos. En el convento las monjas les daban pan negro y galletas para los niños.
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